Imani y su momento

 

Imani estaba terriblemente cansada. Llevaba seis años en un país en el que muchas personas parecían empeñadas en recordarle que era extranjera, con comentarios hirientes sobre su piel y miradas cargadas de prejuicio. Estaba acostumbrada a las malas personas, todo lo acostumbrada que podía llegar a estar. Pero a veces dolía más aquello que se decía sin intención ofender, de forma implícita, como si fuera menos que otros, como si su país fuera menos que otros. A veces dolía la falta de comprensión y de ayuda, o la ayuda prestada con desgana y condescendencia. Recordaba su primer contacto con el Gobierno, un contacto que la había hecho sentir perdida, temerosa, como cuando era niña. Pero Imani no era una niña. Y, aunque por algún motivo que se le escapaba había gente que le hablaba como si no fuera capaz de comprender o de razonar, Imani no era estúpida.

Ahora se dirigía hacia un registro con los papeles necesarios para tramitar su nacionalidad. Y tenía miedo. Miedo a que, una vez más, hicieran que se sintiera como una inútil, miedo a las miradas de aburrimiento cuando esto era lo más importante para ella. Miedo a personas que no eran malas, que no actuaban con maldad de forma intencional, pero que le hacían daño de una forma que era incapaz de explicar.

Había buscado información durante meses para llevar todos sus papeles en regla, pero los trámites eran muy complejos y no tenía dinero para pagar un gestor. Siendo mujer, extranjera y africana lo tenía muy difícil para lograr un trabajo estable, a pesar de que había logrado graduarse como una de las mejores de su promoción, todo mientras saltaba de un trabajo a otro en una sempiterna situación de precariedad, peleando cada día. Había perdido su mejor trabajo por defender su libertad sexual y su derecho frente a un jefe que no entendía de respeto y que la consideraba de su propiedad. Había escuchado comentarios sobre los “malditos inmigrantes” y los “ilegales” que llegaban para quitar el trabajo a la “gente de bien”. Y, por mucho que Imani supiera que ella era buena persona, había normalizado esa especie de palpitación ansiosa que se instalaba en ella cuando salía de casa. Como si vivir temiendo a los otros fuera el estado de su día a día.

Cruzó la puerta de la oficina de registro y un policía la saludó con amabilidad. No vio hostilidad en su mirada. Le preguntó que venía a hacer e Imani le explicó que quería enviar los papeles de su nacionalidad. El policía le dijo que cogiese un ticket con una R en la máquina, y que si necesitaba ayuda se lo dijese, que el ordenanza estaba de baja. No captó condescendencia en su mirada, no lo dijo dando por hecho que no sabría desenvolverse por su etnia o por su origen: solo vio a una persona tratando de ayudar.

Permaneció sentada unos minutos, tratando de no morderse las uñas, viendo cómo la gente entraba en el registro. La pantalla pasaba de un número a otro hasta que vio el suyo. R37. Respiró, tratando de calmarse ante lo que podía esperar.

Se sentó en la mesa 15, la que indicaba la pantalla. Una chica morena con varios pendientes en su oreja derecha y un piercing en la nariz le sonrió con amabilidad preguntándole qué quería. Le explicó que tenía los papeles de su nacionalidad y que quería registrarla, pero no sabía si todos estaban bien. La chica le sonrió una vez más y le explicó que no debía preocuparse, que estaba acostumbrada y, aunque en teoría solo registraban y daban información general, miraría sus papeles uno a uno y que, si faltaba algo, le diría qué necesitaba exactamente. “Así no tendrás que esperar a que te contesten para requerirte y el proceso será menos largo. ¿Te parece bien? Sé que esto es importante para ti, y aquí estamos para ayudarte en todo lo que podamos”. Una vez más, Imani no escuchó el tono repicante de la condescendencia en su voz. No vio hastío en su mirada, a pesar de que debía hacer eso una y otra vez. Solo vio amabilidad. Y una persona para la que lo que ella estaba haciendo era importante y que iba a dedicarle su tiempo y su atención. E Imani sonrió.

 

 

Este relato busca demostrar que es muy importante empatizar con las personas, dedicar nuestro esfuerzo como empleados públicos con dedicación y esmero. Atendemos personas, no números ni cifras, y es lo primero que debemos pensar a la hora de actuar siguiendo los postulados que respeten el derecho a la igualdad de las personas.

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